Enseñar a expresar lo que sienten
Hablar sobre lo que sienten nuestros hijos y ayudarlos a ponerle nombre a sus emociones es un buen punto de partida. Es importante, además, enseñarles que estar enojados, frustrados o tristes es parte de la vida, pero que esas emociones no justifican lastimar a otras personas.
Estas conversaciones pueden surgir a partir de situaciones del día, como un desacuerdo entre amigos, una derrota en un juego, entre otros. Escuchar antes de juzgar permite comprender mejor lo sucedido y acompañarlos en la búsqueda de alternativas.
En este contexto, los acuerdos son parte del aprendizaje. Las normas de convivencia se hacen más significativas cuando los estudiantes comprenden para qué existen y participan en su construcción. En casa, por ejemplo, conversar sobre los conflictos, cómo resolverlos, qué comportamientos no están permitidos y qué esperan unos de otros establece límites claros.
“Conversar y llegar a soluciones es determinante, porque cuando los hijos participan del proceso, aprenden a replicar de manera dialogante en otros espacios como la escuela”, señala Macalupu.
Familia y escuela: un mismo propósito
Sin embargo, la convivencia no puede depender exclusivamente de lo que ocurre en la escuela. La familia es el primer espacio en el que los niños aprenden a relacionarse y la escuela continúa fortaleciendo esas capacidades.
Por ello, mantener una comunicación cercana con los docentes y tutores permite compartir información, identificar dificultades y buscar soluciones de manera conjunta.
“Es muy importante que las familias sean cercanas, activas, con un control progresivo y siempre de acuerdo con la edad de los escolares”, sostiene Luisa Talledo, psicóloga especialista en educación inicial. La especialista recuerda que: “la familia representa el primer acercamiento a la convivencia y la principal fuente de su aprendizaje, que luego complementa la escuela”.
Esta corresponsabilidad implica saber cuándo pedir ayuda. Cambios bruscos en el estado de ánimo, aislamiento, miedo a asistir al colegio o pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban pueden ser señales que requieren una intervención. Ante estas situaciones, conversar primero con el estudiante y mantener comunicación con la escuela puede ayudar a encontrar el acompañamiento adecuado.
Convivir también se aprende
Una buena convivencia escolar no se construye únicamente cuando aparece un conflicto, se fortalece cada día, cuando enseñamos a escuchar, respetar las diferencias, expresar las emociones y buscar soluciones sin recurrir a la violencia.
Familia y escuela tienen, en ese sentido, una tarea compartida: acompañar a los estudiantes para que comprendan que tener diferencias es parte de relacionarnos con otros, pero aprender a manejarlas con respeto es una habilidad que los acompañará mucho más allá de las aulas.